{"id":210,"date":"2024-08-29T04:41:23","date_gmt":"2024-08-29T04:41:23","guid":{"rendered":"http:\/\/philippotdevin.com\/2\/?p=210"},"modified":"2024-08-29T04:41:23","modified_gmt":"2024-08-29T04:41:23","slug":"el-misterio-del-toro-comentario-a-la-novela-mar-de-la-tranquilidad-de-philip-potdevin","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/philippotdevin.com\/2\/archivo-de-prensa\/el-misterio-del-toro-comentario-a-la-novela-mar-de-la-tranquilidad-de-philip-potdevin\/","title":{"rendered":"El Misterio del toro: comentario a la novela \u00abMar de la tranquilidad\u00bb, de Philip Potdevin"},"content":{"rendered":"\n<div class=\"wp-block-cover\"><span aria-hidden=\"true\" class=\"wp-block-cover__background has-background-dim\"><\/span><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"1024\" height=\"522\" class=\"wp-block-cover__image-background wp-image-212\" alt=\"\" src=\"http:\/\/philippotdevin.com\/2\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/philip-potdevin-1024x522.webp\" style=\"object-position:45% 11%\" data-object-fit=\"cover\" data-object-position=\"45% 11%\" srcset=\"http:\/\/philippotdevin.com\/2\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/philip-potdevin-1024x522.webp 1024w, http:\/\/philippotdevin.com\/2\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/philip-potdevin-300x153.webp 300w, http:\/\/philippotdevin.com\/2\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/philip-potdevin-768x392.webp 768w, http:\/\/philippotdevin.com\/2\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/philip-potdevin.webp 1400w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><div class=\"wp-block-cover__inner-container is-layout-flow wp-block-cover-is-layout-flow\">\n<p class=\"has-text-align-center has-large-font-size\"><\/p>\n<\/div><\/div>\n\n\n\n<p>Fernando Baena Vejarano<br><br>Un profundo silencio en la plaza de toros, para presenciar el momento supremo de dos amantes en su c\u00f3pula final, largamente esperada, ceremoniosamente preparada desde el g\u00e9nesis. Vivir es prepararse para la muerte.<br><br>S\u00f3lo que este torero, y este toro, no se mueren as\u00ed, simplemente, como en cualquier corrida de feria. No.<br>Son largos a\u00f1os. Perseo, el torero, solo realiza un acto c\u00f3smico. Nada excepcional. Solo da muerte a la vida para que la vida d\u00e9 vida a la muerte: la sustancia de todo sacrificio nunca ha sido, como piensan algunos, la celebraci\u00f3n de la muerte, sino su superaci\u00f3n. Uni\u00f3n con la vida el momento de la cornada fatal en el f\u00e9mur, sangre rodante por la arena saliendo dichosa de los l\u00edmites, de la c\u00e1rcel, de las venas. Un orgasmo.<br>C\u00f3smico es el acto. Un acto natural. Victimario y v\u00edctima trocan sus papeles, porque ya no hay diferencia entre ellos. De tanto amarse ya no sabe el uno si es el otro, o el otro si es el uno. Toda dualidad ha quedado superada.<br>Se ama al toro. Se aman sus pezu\u00f1as, se ama su cuerpo invulnerable, recio, negro como la noche. El toro va a ser sacrificado. Pero su sangre, sangre de vida, correr\u00e1 por la tierra para fecundarla. Al mismo tiempo, la sangre de las doncellas correr\u00e1, correr\u00e1 en el parto, correr\u00e1 en la primera menstruaci\u00f3n delatora de la femineidad lograda.<br>El torero ha alcanzado su arte: no por la destreza alcanzada durante a\u00f1os, no por el p\u00fablico conquistado en las tarimas, no por los halagos de la prensa. Nada de eso. Solo por ya no temer la muerte, por ya no necesitar la inmortalidad, por ya no importarse a s\u00ed mismo, todo sentido de ego ha quedado disuelto en el nirv\u00e1nico pertenecer a la nada de la que ha surgido todo.<br><br>Las estrellas han surgido de nada. Nada son. Y dan vueltas matem\u00e1ticas en constelaciones descifradas por los hombres, aries, tauro, g\u00e9minis, c\u00e1ncer, leo, virgo, libra, escorpio, sagitario, capricornio, acuario, piscis y de nuevo aries. Cada era de la humanidad dura unos dos milenios, nos dice Potdevin, el autor de la novela. Y cada inicio viene despu\u00e9s de un sacrificio, el de la era que muere, la que ahora est\u00e1 recibiendo su estocada final. Gime ignorante de su propia muerte la era pasada, la era de piscis, nos dir\u00eda el autor del \u201cMar de la tranquilidad\u201d. Y Perseo, el torero, lo sabe. Y su maestro, un viejo torero retirado, Roshi, lo sabe tambi\u00e9n. Nace acuario, dicen los que saben, los quirom\u00e1nticos y los esot\u00e9ricos, los nueva era, y los de mochila. Todos parecen decirlo.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-pullquote\"><blockquote><p><br><br>\u00bfPor qu\u00e9 no iba entonces a aparecer un eco de esa voz en la novela colombiana? Y un eco bien puesto, que no recae en lo panfletudo de los que venden esperanza, ni en lo burlesco de los europeizados, de los racionalistas, que no ven que su nihilismo de academia es un trofeo obsoleto en Am\u00e9rica, en el nuevo siglo.<\/p><\/blockquote><\/figure>\n\n\n\n<p><br><br>La tierra se muere. El amazonas es declarado patrimonio de la humanidad, pero firman los papeles del honor solo aquellos que ya ven agotados sus recursos y echan un vistazo a las explotaciones y a los negocios venideros para el nuevo siglo. Solo el toro nos ense\u00f1a a no depredar. Con su vigor de mujer, con sus huevas enormes, con su cornamenta altiva, pasta tranquilo en la pradera frente a los ojos furtivos del torero que lo admira. El torero, Perseo, solo le envidia la vida. Nada piensa el toro, solo rumia. Nada piensa, solo cornea. Nada piensa, solo rastrilla la arena desafiante con sus patas traseras. No hay miedo alguno a la muerte, y solo ser\u00e1 superado por el matador cuando su mirada misma de hombre se trastoque en la del heroe m\u00edtico, Perseo, que celebra en el zodiaco el eterno juego de la transformaci\u00f3n.<br><br>Porque no piensa, no depreda. Los griegos se inventaron el pensamiento, y dieron inicio as\u00ed al orificio de la capa de ozono. Por eso, Perseo piensa en no pensar. Envidia a su animal en la arena, en la pradera, y se desnuda para subirse en su lomo a hacerle el amor a la tierra. El toro es la tierra y es la madre, y es la inventiva gr\u00e1cil del espont\u00e1neo colocar una flecha en su blanco sin hab\u00e9rselo propuesto, solo luego de logrado el arte de no pensar, de no intentar, de no querer el control sobre el disparo. Los que se inventaron la filosof\u00eda occidental, se inventaron la neur\u00f3sis obsesiva del control. Pero el control mata. Solo el que supera la intenci\u00f3n de lograr cosas las logra, y ni le importa. As\u00ed que no hay que extra\u00f1arse de que los emporios, las multinacionales, los superpoderes informativos; sean fieles seguidores del negocio fundado por los griegos.<br><br>Pero si la madre muere, la madre renace. Es la ley alqu\u00edmica del sacrificio. La matan unos, pero otros la fecundan sin que los primeros se enteren. Vendr\u00e1n ind\u00edgenas de toda Am\u00e9rica, a cumplir la profec\u00eda Maya del resucitar de la serpiente. La cordillera de los Andes, en el imaginario cham\u00e1nico, es una gran columna vertebral por la que se est\u00e1 despertando la kundalini, la energ\u00eda de la nueva era, ascendiendo incandescente desde la Patagonia hasta Canad\u00e1. Vendr\u00e1n los sabios de anta\u00f1o con sus pipas de la paz y su peyote, y sus fuegos, en adoraci\u00f3n a la madre tierra para balancear los desastres que otros cometen en las matanzas de primera p\u00e1gina.<br><br>Perseo, sin embargo, ya lo ha entendido todo. Con su maestro, Roshi, torero en buen retiro, repasa las paciencias de los ritos ancestrales japoneses, la ceremonia del t\u00e9, y el tiro al arco. Aprende, poco a poco, a estar presente a s\u00ed mismo. No a estar conciente, no, sino a estar presente. Presente al sonido del agua de la tetera cuando cae sobre la taza, presente a la imperfecta perfecci\u00f3n del instante, puerta de la eternidad y llave de la liberaci\u00f3n del temor a la vida, del temor a la muerte. Se sumerge as\u00ed en su mar de tranquilidad, el mar de la vida que corre por las venas del toro que ha de sacrificar y que ha de sacrificarlo ante la tribuna.<br><br>Va a morir: es algo que el lector sabe de entrada, desde la primera p\u00e1gina. Pero no es lo suyo un fracaso, ni un \u00e9xito, sino el fruto de un largo camino hacia la vida, logrado en el instante de la muerte. El toro ha de ser su mejor aliado y su m\u00e1ximo maestro. Perseo no ha cesado, toda su vida, de intentar descifrar el misterio del toro. Ha visto al toro c\u00f3smico, ha rastreado al toro mitol\u00f3gico en libros de historia y en antiguas enciclopedias, y ha aprendido astrolog\u00eda. Luego ha fundado una especie de cofrad\u00eda, de la que el autor habla en el cap\u00edtulo m\u00e1s precipitado y menos convincente de la obra, y ha erigido un rito mitraico de adoraci\u00f3n al animal desangrado en el altar. Pero no parec\u00eda encontrarse el misterio en el rito egipcio, la mirada del toro estaba en otra parte. Un d\u00eda antes de la \u00faltima corrida, el torero hunde su cuerpo en el lodo de la tierra y muere antes de morir, entregado a imaginarios viscosos que se le cuelan por la nariz y le hacen aceptar su finitud y su inmensidad. Eso y saber soltar el arco, al estilo japon\u00e9s, para lograr el tiro sin hab\u00e9rselo propuesto; s\u00f3n su hallazgo. Encuentra su liberaci\u00f3n en ya no pertenecer a s\u00ed mismo, en ser un canal vac\u00edo de pensamientos por el que sopla el aire como por entre una ca\u00f1a de bamb\u00fa, y as\u00ed dirige la estocada final a su amada mujer, a su testicular toro, Satori.<br><br>Satori, el nombre del toro, en la novela un personaje tan crucial como Perseo, significa, en lengua oriental \u201cdespertar\u201d, iluminaci\u00f3n. El toro es el enigma, la respuesta buscada por todo aquel que se interesa por la meditaci\u00f3n, por el Budismo, por las artes Zen del jap\u00f3n. La estocada final, cuando la verdad de la bestia corre por fin de su coraz\u00f3n a la boca sedienta del inmolador, es el momento supremo en el que toda dualidad se supera, en el que el universo entero es comprendido. Y nada m\u00e1s esot\u00e9rico. Pero Philip Potdevin, el autor, se cuida, tal vez sin darse cuenta, del evangelismo solapado de otros escritores que, procurando el best seller, hacen literatura de se\u00f1oras engalanadas con quarzos, mensajer\u00eda de angelitos y mensajes bonitos con tono espiritual para amenizar la navidad, m\u00e1s o menos bien escritos. As\u00ed que mal har\u00edamos en colocar su novela al lado de la literatura de mensaje, o de la de ficci\u00f3n antropol\u00f3gico esot\u00e9rica, o de otras de ese corte. No. La suya est\u00e1 enmarcada en la de quienes han sabido hacer un buen mon\u00f3logo interior, un buen cruce de personajes que se refieren con sus perspectivas a un mismo evento, un buen manejo del suspenso narrativo y del tono po\u00e9tico. Adem\u00e1s, hay equilibrio entre lo filos\u00f3fico, las referencias ocultistas; y lo po\u00e9tico, las expresiones novedosas, el estilo personal de las metaforas y los s\u00edmiles con que sorprende. Es buena literatura, es decir, se lee una cultura literaria detr\u00e1s.<br><br>La capacidad po\u00e9tica es innegable, y su combinaci\u00f3n con el flujo narrativo es equilibrada. Por eso, hay que dar la bienvenida a esta obra. De no tan grande acierto, y de poco equilibrio po\u00e9tico, parece sin embargo el final. Un asesinato que no es necesario, si lo que se quer\u00eda era ilustrar que cuando la dualidad ha sido superada ya no hay maldad en la muerte, sino una paz y un sosiego enormes. Para eso bastaba con el sacrificio del toro y de su inmolador, que ven\u00eda suficientemente ambientado durante toda la obra como para darle la intensidad que requer\u00eda, sin necesidad de agregar un sacrificio humano. Pero son solo unas p\u00e1ginas inseguras, al final de la obra. Y en todo caso solo es esta la opini\u00f3n de un lector que tal vez le tenga poca afici\u00f3n a las cabezas humanas rodando por el piso de un templo r\u00fastico. El conjunto literario, la distribuci\u00f3n precisa de perspectivas y de personajes, la econom\u00eda expresiva generando elegancia, la inexistencia de lugares comunes en la novela colombiana actual, la novedad del tema, hacen de \u201cMar de la tranquilidad\u201d un remanso recomendable para cualquier aficionado a la lectura.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Fernando Baena Vejarano Un profundo silencio en la plaza de toros, para presenciar el momento supremo de dos amantes en su c\u00f3pula final, largamente esperada, ceremoniosamente preparada desde el g\u00e9nesis. Vivir es prepararse para la muerte. S\u00f3lo que este torero, y este toro, no se mueren as\u00ed, simplemente, como en cualquier corrida de feria. 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